Ballena a la plancha

Pocos días antes de irme de Magerøya, hace tres años, un ballenero llegó al puerto. Nevó aquel octubre y acababa la temporada; paraban en el camino de regreso a casa, vendiendo filetes y trozos de carne a los nostálgicos de un tiempo peor. El barco era en apariencia inocente, hasta que descubrías el cañón, el lugar desde el que el arpón salía disparado. Toda la innovación en la industria ballenera en los últimos años ha ido encaminada a lograr una muerte cada vez más rápida del animal tras ser alcanzado. No se ha conseguido. Las ballenas tardan demasiado en morir. Un simpático cocker negro correteaba en cubierta; en toda la mañana sólo vi acerarse a comprar a un señor renqueante.

Volví a Magerøya, mi isla favorita, el pasado octubre para pasar algo más de tres meses. Supe, de alguna manera, que habría ballenas al llegar, y así fue mientras el ferry se acercaba al puerto de Honningsvag la mañana en que llegué. Siempre les doy las gracias, a las ballenas y a los delfines, cuando aparecen.

Una mujer francesa guardará para siempre en el recuerdo, me dice, la espectacularidad de las yubartas y los grupos de orcas alimentándose cerca de los pescadores de arenques que el día anterior tuvo la suerte de ver en Tromsø. Habla de animales inteligentes, complejos, familiares, repitiendo, supongo, las palabras que el guía debió pronunciar en la salida. Esto no le impedirá acercarse al Corner, el restaurante de Honningsvag, y pedir una de las especialidades: el filete de ballena. La justificación me resulta familiar, llevo semanas escuchándola: "las ballenas que se comen no tienen nada que ver con las que vimos en Tromsø; son como peces, muy pequeñas, no parecen ballenas".

No hace falta haber visto miles de imágenes de rorcuales aliblancos (la ballena Minke, la única especie comercial en Noruega) para darse cuenta de que ni por forma ni tamaño distan demasiado de sus congéneres. El mantra utilizado para disfrazar su proximidad, también con nosotros, parece que funciona. Ser más peces las aleja, las hace menos mamíferos, menos nosotras: buenas para comer. El filete no tiene forma de ballena; un trozo de carne amorfo que no evoca, precisamente, a una "ballena" genérica, sino a una que el turista no ha visto y no es capaz de imaginar porque lleva días escuchando que esa ballena no se parece a las verdaderas ballenas. Esa ballena es menos ballena. No hay peluches, ni mochilas, ni camisetas, ni postales con ballenas Minke.

Escribo sobre la gente de aquí que comen carne de ballena. Sobre cuántos años tienen, en qué trabajan, en qué trabajaban sus padres y sus abuelos. Escucho tradición demasiado a menudo. Puestos de trabajo a conservar. Respuesta a las acusaciones de gente de fuera. Un ataque a nuestra cultura, dicen. Hay algo en el estar lejos, también, en que Finnmark está a tomar por culo del resto de Noruega. La cuestión de clase, porque la ballena siempre fue para los pobres. Lo que se comía cuando no podía comerse otra cosa. Lo que ahora comes porque lo has visto comer. Pregunto, escribo, y un día vuelvo a casa con cuatro filetes sanguinolentos encima. Carne de ballena.

Philip Hoare envía una particular postal en forma de ballena para felicitarme la Navidad, aunque no veré esa postal hasta que no llegue a casa en unas semanas. Pienso en todo lo que le he leído, en las cosas que hemos hablado, y los filetes se hacen pesados en la mochila. El profesor de la asignatura de Antropología de la Alimentación explica que al ser la comida algo sensible, para hablar sobre ello debe comerse al menos una vez. Y nos pregunta: "¿un etnógrafo vegano tendría problemas para hacer un trabajo de campo integral sobre un sistema culinario donde hay carne?". Acaba con el aforismo de Brillant-Savarin que parece guiar esta asignatura: dime lo que comes y te diré quién eres.

31 de diciembre. Acaba el 2017. Dmitry es un ruso encantador que buscaba un lugar tranquilo en el que pasar el último día del año antes de seguir hacia Svalbard. Hoy la casa está llena; Olga y César han venido a pasar unos días y la ballena parece algo genuinamente noruego. Mucho mejor aquí que en el Corner, donde la ración está cerca de las trescientas coronas. Le pregunto a Helge, un marinero noruego jubilado en Xàbia, cómo debería cocinarla. Me dice que opte por lo fácil, y así lo hago. También se ríe de mí, de que esté cocinando carne de ballena. Siempre me dijo que prefiere la de foca, aunque ahora ya no pueda encontrarla. Los barcos que iban a la caza de la foca desde el puerto de Tromsø han dejado de hacerlo. Se enfada cuando le digo que en pocos años ocurrirá lo mismo con los balleneros. No llegan a veinte a día de hoy en el país. Pruebo un trozo, el resto se lo doy al perro. El perro se llama Lonchas y hace unos días tuve que reñirle cuando levantó la pata para mear la vértebra de ballena que decoraba un jardín vecino.

El año empieza oliendo a ballena. Lonchas caga lo que comió. Olga, César y Dmitry cagan lo que comieron. Deja de flotar en la casa el olor a hígado característico de la carne de ballena, y todo es un poco más fácil con el congelador vacío. Es lunes y no hay nadie en la calle. Me acerco a la colina en la que viven las águilas marinas que cada mañana vuelan frente a la casa. Lonchas gruñe a la nutria del colector. Miro al mar esperando aletas, colas, chorros conocidos, pero hoy no ha habido suerte. Vuelvo a casa y escribo sobre ballenas y banderas, ballenas en camisetas, ballenas peluche, ballenas símbolo de la conservación, ballenas que parecen peces, dicen, aunque no sea verdad.

Abro un blog y friego los platos de anoche, los filetes han dejado un rastro rojo que cuesta hacer desaparecer.



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