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Ballena a la plancha

Pocos días antes de irme de Magerøya, hace tres años, un ballenero llegó al puerto. Nevó aquel octubre y acababa la temporada; paraban en el camino de regreso a casa, vendiendo filetes y trozos de carne a los nostálgicos de un tiempo peor. El barco era en apariencia inocente, hasta que descubrías el cañón, el lugar desde el que el arpón salía disparado. Toda la innovación en la industria ballenera en los últimos años ha ido encaminada a lograr una muerte cada vez más rápida del animal tras ser alcanzado. No se ha conseguido. Las ballenas tardan demasiado en morir. Un simpático cocker negro correteaba en cubierta; en toda la mañana sólo vi acerarse a comprar a un señor renqueante. Volví a Magerøya, mi isla favorita, el pasado octubre para pasar algo más de tres meses. Supe, de alguna manera, que habría ballenas al llegar, y así fue mientras el ferry se acercaba al puerto de Honningsvag la mañana en que llegué. Siempre les doy las gracias, a las ballenas y a los delfines, cuando apare...

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